viernes, 11 de marzo de 2011

Sobre cumplir sueños ajenos

Estoy un poco ansiosa. Hoy la señora que trabaja desde hace más de 10 años en la casa de mi mamá cumple 70 años. Como me imagino que se dará en las historias de muchas personas que trabajan como servicio doméstico, su historia de vida es muy dura, muy triste. Nos cuenta cosas de su infancia que me hacen erizar la piel de sólo imaginar tener que pasar por ellas, y las cuenta casi sin emoción, con la resignación de quien ha vivido una sola vida y sabe que así son las cosas, y ya.
Para mis hermanas y para mí es como una abuela, siempre nos malcrió, nos apañó, nos cubrió las pocas mentiras que dijimos a nuestros padres en estos años. Ahora que es ella quien (junto con mi mamá) cuida a G todas las mañanas mientras trabajo, no tengo dudas de que él la va a querer tanto como yo.
La cuestión es que esta señora, con sus 70 años a cuestas, no conoce el mar. Y después de años de regalarle ropa o pavadas varias, decidimos llevarla a ver eso que -creemos- tanta ilusión le causa. Y ahí justamente está el punto del tema: nosotros creemos que ver el mar le representaría una alegría extrema, porque nos parece inconcebible que en tantos años y viviendo relativamente cerca, una persona nunca haya ido a la playa. Pero somos nosotros, desde nuestra historia y nuestra vida los que pensamos eso.
Mañana la vamos a subir a un auto, vamos a manejar ¿400? km y vamos a frenar frente al mar, para que alucine. ¿Y si no? ¿Y si le da igual? ¿Y si no expresa ninguna emoción, como en las historias de su infancia?
Es peligroso jugar a Julián Weich, sobre todo cuando no tenemos la absoluta certeza de estar cumpliendo el sueño correcto. Quizás toda esta empresa, que nació de nosotros, haya sido en realidad más que para ella...
Ruego que no. Me encantaría mañana verla emocionada, feliz, y disfrutando de este tiempo pensado para ella. Espero que estos dos días resulten lo que planeamos...
El lunes contaré cómo fue.

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